Mostrando entradas con la etiqueta canto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta canto. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de enero de 2010

Arrugas prematuras


Era tan alto que nadie pudo jamás verle la cara. Cantaba tan hermoso como nadie, porque era mudo. Su autenticidad siempre fue una copia de originalidad, una bazofia, un intento burdo de intentar no ser burdo. No faltaron quienes lo encontraron tan admirable como aborrecible. Creció la cuenta, la famosa fama, la lista de los más simpáticos casi amigos, la carne fría y en refrigerador desenchufado.
Cada vez y como por si fuera poco, se anudaba la corbata por dentro, estiraba sus pantalones arrugados, caminaba rápido y lleno de pliegues. Su espejismo se hizo agua. Era lo justo, pensaba. A veces había que llegar a la meta para darse cuenta de que no se había ganado nada, y parecía, otra vez parecía, que esta era una de esas veces.
No hubo tiempo para lástimas, justo para eso estaba ocupado. Juraba que con un bigote abundante se podía disfrutar dos veces la misma cazuela. Otro de sus tremendos casi. Un resfriado con pañuelo de género en el bolsillo es otra cosa. Pero insistió en lo práctico, el nombre perfecto, el rol, la casa, la cama. Su familia estaba orgullosa, ignorante, repartiendo las migajas con las uñas más crecidas que ayer.
Orgulloso, ni idea, para qué pensarlo siquiera. Para los demás él era un muerto, un funeral al que asistir en verano, con el nudo de la corbata hacia adentro y los pantalones arrugados.

Las manos


La orientación no fue propia pero los pasos sí lo fueron. No era novedad que el cielo y el infierno quedaban en el mismo pasaje y los atiendía el mismo portero. No había caso para seguir intentando prevenirlo. Había manos que no eran las suyas, que se hicieron barandas brillantes de bronce. Él se confundió, su pasaje no tenía su residencia y cayó escaleras abajo golpeando su cabeza con el extintor rojo. Alguien pasó y le dijo, Dios castiga. Él se vengó a puños cerrados. Sus manos sucias con el pulidor de bronce quedaron rojas y tiritando. Él perdió un diente, lo dejó bajo la almohada, vino un ratón y le dejó plata. Con eso pagó el tratamiento para el hanta. Eso sí. Fue un trato cerrado con un apretón de manos.